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16 de diciembre de 2012

Los Sueños de Federico - II



Se iniciaba nuevamente el año lectivo. Para un estudiante que ingresa a segundo año de secundaria ya no es nada nuevo. Pero para Federico las cosas eran algo distintas, se había cambiado de colegio. Pasaba de uno malo a uno más “prestigioso”, lo cual solo podía significar dos cosas: o probaba que era tan bueno como él creía y cambiaba su imagen de adolescente sumiso, o académicamente la pasaría mal y humanamente mucho peor.

La apariencia del colegio por fuera era imponente. Ocupaba una manzana completa. La parte de atrás no era lo mejor, estaba llena de yuyos y bancos viejos apilados. Toda las paredes del exterior estaban pintadas de blanco, con los detalles de vigas y columnas en color verde oliva o gris cemento. Y como si fuera necesario todas las aberturas, puertas, ventanas y ventanales, estaban pintados de amarillo huevo con acabado brillante.
Por dentro las paredes estaban pintadas en tonos de crema y ocre. La mayoría de los pisos en los pasillos, eran de parqué al tono, estaban bastante gastados y un poco maltrechos, dicho esto con benevolencia.
No había un gimnasio, así que las clases de Educación Física se dictaban en el SUM[1] o en el Gimnasio Municipal. El piso del SUM era del mismo parqué que los pasillos, solo que si el de los pasillos estaba gastado, este estaba por desaparecer.
Las aulas estaban perfectamente entonadas con el resto del colegio. Las paredes eran ocres, faltaban la mitad de las cortinas en las ventanas y los pisos más que gastados, estaban arrancados como a mordiscos (cosa que más tarde comprendería como sucedía). La mayoría de los bancos eran individuales, la mitad eran los compuestos por una mesa y una silla, y la otra mitad eran de esos que vienen la mesa y la silla en un solo mueble, muy cómodos para reposar, pero verdugos de la cintura después de cinco horas de clases.
Estaba claro que en materia de estructura física el nuevo colegio no suponía una mejora con respecto a su anterior, solo cabía esperar que en nivel educativo compensase las carencias.

Afortunadamente las cosas comenzaron medianamente bien. El primer día llegó tarde, vestido con una camisa blanca, pantalones azules y zapatos negros. Saludó y se sentó en el primer banco que encontró desocupado, para su suerte el primer banco de la columna del medio estaba vacío.
No salio a los recreos, estuvo toda la tarde dentro del aula, y cada tanto sacaba un espejito que llevaba en el bolsillo, para mirar a sus compañeros sin ser visto. Extraña manía para cuidarse la espalda y conocer a sus compañeros. Estaban todos, los de siempre, la columna de las chicas, los revoltosos del fondo, los callados que solo hablan entre ellos y parece que siempre traman algo, los repitentes, los que se conocen de otros años, las que se creen divas y el infaltable, simpático y a veces ácido, “gordo”. Igual como era el primer día faltaban compañeros por llegar.

Al otro día las cosas no cambiaron demasiado, solo había un par de compañeros nuevos. Uno era en petisito que se sentó al fondo, y el otro un flaco de estatura promedio, que no tardó en integrarse a un grupo de chicas y chicos charlatanes.
Ese día Federico también llegó tarde, pero un poco más temprano que el primer día, y se sentó exactamente en el mismo banco. Se sorprendió bastante al ver que una chica morena, de mediana estatura, con el cabello largísimo y lacio, llegó bastante más tarde a clase. Como si fuera poco la muchacha se sentó, ni segura, ni convencida, a su lado, en al banco que quedaba vacío.
Aparentemente estuvo bastante incomoda, no miró a Federico ni una sola vez. Antes de salir a los recreos guardaba todas sus cosas en su pequeña mochila y salía con ella. Además cada vez que se volvía sentar o se acomodaba corría su banco un poquito más adelante. De esa forma cuando llegó la última hora, estaba prácticamente por delante de Federico, quien también se estaba incomodando. Se fijó varias veces si tenía algún olor indeseable en la camisa, la boca, etc. Se miró disimuladamente la cara en su diminuto espejo, pero todas las comprobaciones dieron resultado negativo. Dudó, pero finalmente se dio por vencido, y decidió que su compañera no tenía todos “los patitos en fila”.
La espió por encima del hombro algún rato, para ver que podía averiguar de la “misteriosa” muchacha, pero no fue demasiado, sino hasta que la chica giró una hoja, y allí en un margen vio escrito: “Ángeles S.”
Los días restantes de esa semana el comportamiento de Ángeles no cambió demasiado. Llegaba tarde, es cierto, pero como alumna parecía ejemplar. Se sentaba, escuchaba a los profesores, contestaba con rapidez las preguntas de estos, y cuando terminaba la clase, levantaba sus cosas y se iba sin hablar con nadie. A Federico, que estaba acostumbrado a ser el mejor en su división, el que su compañera contestara la mayoría de las veces con gran celeridad, le estaba empezando a molestar. Hería su orgullo. Era una provocación, así que empezó a esforzarse para superarla.

Después de la incomodidad de la semana pasada, Federico se volvió a instalar en el banco de siempre. Y para terminar con el estúpido juego, ocupó el banco de al lado con su mochila y abrigo. Ya no se sorprendió cuando Ángeles entró al salón de clases veinte minutos tarde.
Ella, saludó a la profesora, dio una rápida mirada al aula y luego clavó los ojos en el banco que siempre ocupaba. Había otros bancos desocupados, pero Ángeles de dirigió hacia el de siempre. Miró a Federico a la cara, y con su voz suave y apagada, casi como un susurro, dijo:

— Martínez ¿me puedo sentar?

A Federico se le heló la sangre. Lo llamó por su apellido y más sorprendente le resultó que no tuviera ningún problema en pedirle que desocupara el banco. Él quería sentarse solo, así que le respondió:

— Sí, sí. Lo siento —. Alcanzó a decir mientras retiraba sus cosas del banco.


[1]    Salón de Uso Múltiple.


28 de noviembre de 2012

Una palabra justa - Jesús Olguera


Las palabras, las usamos en casi todo momento, aun cuando no queremos, o tenemos nada que decir. Las palabras tienen la capacidad de expresar infinidad de momentos, sentimientos, estados, sucesos. Hay palabras que parecieran ser más grande de lo que son, como sonrisa, felicidad, verdad, amor. Las palabras expresan todo. Las palabras son ideas pronunciadas.
Pero, ¿Por qué? ¿Por qué el hombre siente la necesidad de comunicarlo todo a tal nivel que ha inventado palabras para todo lo conocido? ¿Por qué necesitamos ser escuchados? ¿Por qué buscamos respuestas de preguntas que jamás hicimos?
Es divertido pensar que las respuestas a estas preguntas solo sean palabras, aunque para nosotros parezcan ser más que eso. Las palabras tienen esa mágica habilidad de ser lo que son y poder ser lo que pueden ser. Las palabras son poderosas, con ellas podemos curar, lastimar, crear, destruir. Las palabras son poderosas, y dependen de nosotros, de lo que hagamos con ellas.
Tal vez vivamos en una época en la que se sobrestiman las palabras,  en la que no se vea el valor o el poder que ellas tienen. Tanto es así que se pueden escuchar insultos y afecto en la misma oración. Tal vez la gente no entienda el poder que tienen las palabras, o tal vez no les importe. Pero lo que si se, es que todos deberíamos usarlas correctamente. Las palabras son como el fuego, podemos iluminar en el día más obscuro o podemos incendiar en el momento más trágico.
Les pido, a su vez, que no vean esto como simples palabras. Los invito a descubrir lo que realmente son. De donde provienen estas palabras.
Las palabras nacen en algún lado muy profundo de las personas, por esa razón, deberíamos escuchar más, y así, conocernos más.
Quiero que sean hábiles usando la palabra, dando gracias, dando ánimo, dando encomio, dando cariño, dando sabiduría, dando palabras interrumpidas por sonrisas, dando empatía, dando comprensión, dando.

Gracias por leer, y saludos. Jesús Olguera.

Imágen by "Mis Mensajes y Verdades"



10 de noviembre de 2012

Un día :D para siempre



Que como hoy sea mañana
que no importe la letra.

Que el viento no me despeine
y que la canción siga sonando.

Que el sol te abrigue
sin devorar mi helado.

Que el camino a casa sea luminoso
y te encuentre brillante.

Que nos sobren sonrisas
que se nos escapen abrazos.

¡Ven, ríete conmigo!

Se imprimen en la memoria
y en la mirada de cualquier tarde
los recuerdos de aquella.

La brisa y la risa de los pescadores
se caen por la barandilla
y se refleja el canto en ese silencio.


Para Tu :D

Fuente de Imagén

8 de octubre de 2012

Neruda y sus siempre bellas palabras



No estés lejos de mí un sólo día, porque cómo,
porque, no sé decírtelo, es largo el día,
y te estaré esperando como en las estaciones
cuando en alguna parte se durmieron los trenes.
No te vayas por una hora porque entonces
en esa hora se juntan las gotas del desvelo
y tal vez todo el humo que anda buscando casa
venga a matar aún mi corazón perdido.


Ay que no se quebrante tu silueta en la arena,
ay que no vuelen tus párpados en la ausencia:
no te vayas por un minuto, bienamada,

porque en ese minuto te habrás ido tan lejos
que yo cruzaré toda la tierra preguntando
si volverás o si me dejarás muriendo.


Pablo Neruda (1904-1973)

22 de septiembre de 2012

Del amor navegante - Leopoldo Marechal





Porque no está el Amado en el Amante
Ni el Amante reposa en el Amado,
Tiende Amor su velamen castigado
Y afronta el ceño de la mar tonante.

Llora el Amor en su navío errante
Y a la tormenta libra su cuidado,
Porque son dos: Amante desterrado
Y Amado con perfil de navegante.

Si fuesen uno, Amor, no existiría
Ni llanto ni bajel ni lejanía,
Sino la beatitud de la azucena.

¡Oh amor sin remo, en la Unidad gozosa!
¡Oh círculo apretado de la rosa!
Con el número Dos nace la pena.


Leopoldo Marechal
De "Sonetos a Sophía y otros poemas" 1940    




4 de agosto de 2012

Para Marquito - Jazmín










Ella caminaba bajo el cielo lleno de nubes,
llevaba su niño en brazos y sus ojos pensantes, pero
estaba bien... tranquila...
Protegido en los brazos de su mamá,
el niño mira las calles con un poco de sueño...
♦♦♦
Mientras tanto, él observaba desde lejos,
Él, era un viejo amor de hace años.
Ahora solo un viejo amigo...
La veía pasar, quizá fingía estar allí por casualidad,
pero era para cuidarlos, 
para que nos les faltara nada...
 ♦♦♦
Y volvía a sentir el amor
que alguna vez sintió.
Recordaba esa historia...
pues quizás la seguía amando.

-- ○ -- ○ -- ○ --

No hay muchas palabras que puedan describir mi gratitud... Simplemente, Gracias Jaz! :)

 


1 de agosto de 2012

Rima 63 (XXVII). Despierta, tiemblo al mirarte


    Despierta, tiemblo al mirarte;
    Dormida, me atrevo a verte;
    Por eso, alma de mi alma,
    Yo velo mientras tú duermes.

    Despierta, ríes, y al reír tus labios
    Inquietos me parecen
    Relámpagos de grana que serpean
    Sobre un cielo de nieve.

    Dormida, los extremos de tu boca
    Pliega sonrisa leve,
    Suave como el rastro luminoso
    Que deja un sol que muere.
    ¡Duerme!

    Despierta, miras y al mirar tus ojos
    Húmedos resplandecen
    Como la onda azul en cuya cresta
    Chispeando el sol hiere.

    Al través de tus párpados, dormida,
    Tranquilo fulgor vierten,
    Cual derrama de luz, templado rayo,
    Lámpara transparente.
    ¡Duerme!

    Despierta, hablas y al hablar vibrantes
    Tus palabras parecen
    Lluvia de perlas que en dorada copa
    Se derrama a torrentes.

    Dormida, en el murmullo de tu aliento
    Acompasado y tenue,
    Escucho yo un poema que mi alma
    Enamorada entiende.
    ¡Duerme!

    Sobre el corazón la mano
    Me he puesto porque no suene
    Su latido y de la noche
    Turbe la calma solemne.

    De tu balcón las persianas
    Cerré ya porque no entre
    El resplandor enojoso
    De la aurora y te despierte.
    ¡Duerme!


    ~ Adolfo Gustavo Béquer

22 de julio de 2012

Que nos explote el corazón todos los días




Entre elegir entre dos muertes
se aferra a su futuro,
que es mortal pero futuro.

Todos sueñan con la pregunta,
que les deje dignidad bendita:
¿qué muerte quieres hoy?

Avizoran el futuro con deseo,
con resignación y desden
al tiempo que silban.

La orden es perseguir.
Nadie sabe qué,
pero hemos de correr tras el silencio.

Escribiré lo que quede.
Haré las preguntas que hoy
flotan en tus temblorosos labios.

Es la muerte quien pone el punto
que asesina las acciones,
pero no a las historias.

Inmortal memoria
es la que volverá contigo.
Que nos explote el corazón todos los días.




9 de julio de 2012

Oda a un inmortal - matilindo

 La siguiente es una oda tomada de la página de Mundo Poesía del perfil de matilindo.
Como no puede ser de otra manera se la dedicaré a mi amigo inmortal (no todos tienen uno), Jesús.


Tu inmortal
Que viste a la luna envejecer en tantas noches
Y al cielo lagrimear como una viuda
cuando el mundo a sus hijos casi ahoga
tu inmortal
que sentiste a la tierra temblar y resquebrarse
y al mar morir de sed y después vengarse
al viento tímido y al vendaval furioso
tu inmortal
que fuiste aldeano guerrero y peregrino
colono esclavo vikingo
fuiste monje pirata y troglodita
mago curandero y alquimista
etrusco sumerio y persa
quizás fenicio mogol quizás de Atila
tu inmortal
fuiste de Esparta, judío y filisteo
fuiste beduino hereje y mensajero
fuiste amigo y enemigo
fuiste pobre rico y hasta del clero
tu inmortal
que viviste fiestas rituales y matanzas
fuiste artista soldado periodista
maestro escritor y deportista
político delirante y genio
fuiste del pueblo y fuiste del feudo
tu inmortal
que siendo el mismo fuiste muchos
que amaste y odiaste
reíste y lloraste
te apenaste
tocaste la gloria y el fracaso
tu inmortal
aprendiste que lo más perverso
es la soledad eterna
tu inmortal
descansa en paz


6 de julio de 2012

LA CIGARRA - Enrique Banchs

Cuando hace sol y silencio y en la sombra de los emparrados tiemblan manchas claras, canta un largo rato la cigarra.
Con su ruido de leño en el fuego, de alero viejo, de eje de carreta, la cigarra sobresalta la paz del mediodía. Y la gente, que reposa, levanta la cabeza como si oyese hablar a los árboles.
Nunca se la ve. Es la música escondida de las leyendas, la música del gnomo. Uno se acerca al álamo, donde cree que suenan manojos de espigas agitadas y no ve más que retoños, ramas nuevas, dos o tres hormigas y en lo alto, muy alto, los puñados de nidos.
Porque el canto de la cigarra siempre está lejos. Delante o detrás, el canto de la cigarra siempre está lejos. ¡Ay!, quien la quiera hallar siguiendo su canto, tiene que caminar, caminar, como si fuera tras de la felicidad. Y quién sabe si antes no encuentra a la felicidad, sentada en un mármol, con los dedos entrelazados sobre la rodilla y tres o cuatro rosas cerca de sus plantas. Entretanto la cigarra, al oriente o al poniente ¿quién lo sabría?, abre y cierra, poseída de un delirio, las alas suaves y fuertes, como de seda y de oro.
Pero a veces, cuando ha hecho frío y uno espera ver un poco de escarcha brillando sobre el césped al abrir la puerta en el desperezamiento de la mañana, se suele encontrar alguna cigarra aterida, en el camino, debajo de algunas hojas secas que la brisa ha juntado sobre su frágil cuerpecillo musical.
Quien la quiera vaya pronto por ella, pues ya se sabe que las últimas golondrinas se llevan en el pico las cigarras que encuentran dormidas en el camino, para que anuncien las vendimias en tierras de estío.
Pero si alguien las halla, las envuelve en un vellón y las lleva al amparo de un calor, al rato despiertan y renuevan la canción que ha sosegado el frío, lo mismo que se estuviesen en el árbol, desde el cual ven pasar los rebaños y los pastores que golpean los cercos con sus bastones herrados.
Entonces, a la hora en que se pone el mantel y se parte sobre la mesa el pan familiar, se oye de pronto que la casa se hace sonora y también los corazones.
Un atardecer de verano se durmió un mendigo al pie de un árbol. Las ramas más bajas subían y bajaban acariciándole la frente, como manos maternales sobre una cuna. Éste era un viejo mendigo sin casa, pero en las noches de verano es el cielo apacible y suave como un hogar de ancianos y mórbida la hierba susurrante. Éste era un viejo mendigo solitario.
Unos sueños vagabundos le encontraron dormido y burláronse de él, dándole a creer que estaba todavía, como en una lejana juventud, junto a su hermana que lánguidamente hacía sollozar un piano. Y por la ventana se veían surtidores en la sombra, magnolias a la luna. De lejana juventud lo ilusionaron...
En eso la noche sacudió tres o cuatro pétalos de nieve, de una menuda nieve de fín de estío, y cayó una cigarra.
Al despertar el hombre pobre se alzó y caminó. La cigarra había caído sobre su pecho, se metió entre sus ropas y la llevaba consigo.
También se metió entre sus ropas el árido olor cereal al cruzar un trigal.
La cigarra sintió latir el corazón del hombre pobre, con el ruido igual al de las ramas que se mueven.
Y cantó al calor de su corazón.
El mendigo la oyó pero no supo que la llevaba consigo. Ya se sabe: el canto de la cigarra siempre está lejos.

Fuente: VEDIA, LEONIDAS DE, Enrique Banchs, con Antología y apéndice de OSVALDO HORACIO DONDO, Buenos Aires, Ediciones Culturales Argentinas, 1964 (págs. 149-150)

30 de junio de 2012

Los Sueños de Federico - I



  “Después de  cerca de seis años y medio he quedado con Sofía para vernos en la rambla.
  Ella llega desde el centro. Viene con Santiago que, a estas alturas, ya sabe caminar. Yo los espero, los veo acercarse. Estoy apoyado en el murete costero, allí donde termina para dar paso a la calzada del muelle. Sofía me saluda con un beso, con frialdad, con olvido. A Santiago le doy un abrazo y un beso en la frente. Él me mira con desconfianza y se esconde tras la pierna de su mamá.
  Sofía tiene el semblante caído, como cuando estaba triste. Yo estoy realmente feliz, exultante ¡cómo no estarlo! Pero no puedo demostrarlo, no me permito hacerlo. Pongo la misma cara de ella, pero que en verdad, desnuda mi miedo. Tenía miedo de este encuentro.
  Hablamos cerca de una hora. No se realmente de qué hablamos. Igual imagino que después de seis años algo habrá para contar. Pero entonces me doy cuenta de que una hora es poco...
  Comienza la despedía. Parece que será igual de fría que el saludo del comienzo.

— ¿Puedo darle un dulce a Santiago? —le pregunto a Sofía.
— Sí.
  Le doy una paletita de dulce de leche sin desenvolver. Él la intenta abrir con torpeza, apurado por  llevársela a la boca. Sofía acude rápido en su ayuda. Y una reacción, casi involuntaria de mi parte, hace que yo extienda mi mano y la detenga tomando su mano. Ella me mira con ojos muy abiertos sin pronunciar palabra. La suelto inmediatamente.

— Está desarrollando su habilidad. —digo mientras Santiago se lleva el dulce a la boca. Le acomodo un poco los restos de envoltorio sobre el palito.

  Se van a dar vuelta, van a empezar a caminar, se van a ir. Otro acto involuntario: la abracé fuerte. Ella se asustó; está agitada. Ha soltado al mano de Santiago; ahora también me abraza, muy fuerte. Le di un beso en la mejilla, debajo de la oreja, casi en el cuello.

— ¿Volveré a verte? —pregunté con la voz un poco ahogada, y podría jurar que también se me ha escapado una lágrima.
  Ella no dice nada. Se que también llora—. No me importa que pasen cinco días o cinco años. Prometeme que podré volver a verte... a verlos...
— Sí Fede. Te lo prometo —dice mientras nos separamos— Seguramente sabrás cómo encontrarme…
  Una Sonrisa aflora en su rostro y yo me contagio. Se seca las lágrimas, y toma la mano de Santiago, que miraba tranquilo la escena.
  Sofía me mira unos segundos más, luego se dan la vuelta y empiezan  caminar hacia el centro. Los sigo mirando, con los ojos todavía empañados, y desparecen por Alvear.

  Me quedé solo. Llorando muy despacio, todavía apoyado en ese muro que nos protege de la arena. De pronto alguien se me acerca desde atrás. Es uno de mis amigos que me pone una mano en el hombro y me sacude un poco. Él no ha dicho nada aún y por eso creo que ha visto toda la escena anterior. Le aprieto fuerte el brazo y me lo llevo, lo arrastro, para que me siga. Empezamos a caminar hacia el lugar de siempre: la laguna. Cruzamos todo el lugar en silencio, salto a la arena, y me refugio detrás de una pared. Me siento. Él me mira; se sienta a mi lado, entonces habla:

— ¿Qué paso Fede?
  Yo sigo en silencio. Él no insiste.
— ¿Quién era ella? —pregunta después de un rato.
— No lo se… —digo sin mentir— Te darás cuenta lo idiota que he sido; y que soy.
  Con la vista fija en la arena asiente y esboza una sonrisa. A mí se me escapa una carcajada."



26 de junio de 2012

Seguirá lloviendo




Seguirá lloviendo ahora,
mientras descalza caminas en los bordes
de los recuerdos y las ruinas.
Seguirá lloviendo ahora,
que se ahoga mi llanto desprendido
hace ya tiempo bajo soles inmensos.
Seguirá lloviendo ahora,
seguirá lloviendo.


Seguirá lloviendo ahora,
cuando los jazmines reclamen tu nombre
y quiebren la historia guardada,
quizá en tus labios, quizá en los míos.
Seguirá lloviendo ahora,
mientras descalza buscas sobre el fuego
las brazas de mis dedos.
Seguirá lloviendo ahora,
seguirá lloviendo.


Seguirá lloviendo ahora,
mientras los sombríos intelectuales
se guardan el pasado muerto..
Seguirá lloviendo ahora,
que pesa sobre nosotros el dolor
de una guerra cobarde teñida de miseria.
Seguirá lloviendo ahora,
seguirá lloviendo.


Seguirá lloviendo ahora,
mientras descalza caminas taciturna
y reclama mi nombre la espesura de tus cabellos,
mientras muere de sed un arco iris
que se desliza a los rincones
quizá más prohibidos de tu cuerpo.
Seguirá lloviendo ahora,
seguirá lloviendo.
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22 de junio de 2012

¡Hola! Vi este video... la letra es bastante romántica, e incluso lenta, pero la comparto porque me pareció que la letra es hermosa y algo poética. Espero que les guste =)

19 de junio de 2012

Continuidad de los parques (Julio Cortázar)

Este es un relato corto de Córtazar q pertenece al libro "Final del juego" (1956)...


Había empezado a leer la novela unos días antes. La abandonó por negocios urgentes, volvió a abrirla cuando regresaba en tren a la finca; se dejaba interesar lentamente por la trama, por el dibujo de los personajes. Esa tarde, después de escribir una carta a su apoderado y discutir con el mayordomo una cuestion de aparcerías, volvió al libro en la tranquilidad del estudio que miraba hacia el parque de los robles. Arrellanado en su sillón favorito, de espaldas a la puerta que lo hubiera molestado como una irritante posibilidad de intrusiones, dejó que su mano izquierda acariciara una y otra vez el terciopelo verde y se puso a leer los últimos capítulos. Su memoria retenía sin esfuerzo los nombres y las imágenes de los protagonistas; la ilusión novelesca lo ganó casi en seguida. Gozaba del placer casi perverso de irse desgajando línea a línea de lo que lo rodeaba, y sentir a la vez que su cabeza descansaba cómodamente en el terciopelo del alto respaldo, que los cigarrillos seguían al alcance de la mano, que más allá de los ventanales danzaba el aire del atardecer bajo los robles. Palabra a palabra, absorbido por la sórdida disyuntiva de los héroes, dejándose ir hacia las imágenes que se concertaban y adquirían color y movimiento, fue testigo del último encuentro en la cabaña del monte. Primero entraba la mujer, recelosa; ahora llegaba el amante, lastimada la cara por el chicotazo de una rama. Admirablemente restallaba ella la sangre con sus besos, pero él rechazaba las caricias, no había venido para repetir las ceremonias de una pasión secreta, protegida por un mundo de hojas secas y senderos furtivos. El puñal se entibiaba contra su pecho, y debajo latía la libertad agazapada. Un diálogo anhelante corría por las páginas como un arroyo de serpientes, y se sentía que todo estaba decidido desde siempre. Hasta esas caricias que enredaban el cuerpo del amante como queriendo retenerlo y disuadirlo, dibujaban abominablemente la figura de otro cuerpo que era necesario destruir. Nada había sido olvidado: coartadas, azares, posibles errores. A partir de esa hora cada instante tenía su empleo minuciosamente atribuido. El doble repaso despiadado se interrumpía apenas para que una mano acariciara una mejilla. Empezaba a anochecer.
        
Sin mirarse ya, atados rígidamente a la tarea que los esperaba, se separaron en la puerta de la cabaña. Ella debía seguir por la senda que iba al norte. Desde la senda opuesta él se volvió un instante para verla correr con el pelo suelto. Corrió a su vez, parapetándose en los árboles y los setos, hasta distinguir en la bruma malva del crepúsculo la alameda que llevaba a la casa. Los perros no debían ladrar, y no ladraron. El mayordomo no estaría a esa hora, y no estaba. Subio los tres peldaños del porche y entró. Desde la sangre galopando en sus oidos le llegaban las palabras de la mujer: primero una sala azul, después una galería, una escalera alfombrada. En lo alto, dos puertas. Nadie en la primera habitación, nadie en la segunda. La puerta del salón, y entonces el puñal en la mano, la luz de los ventanales, el alto respaldo de un sillón de terciopelo verde, la cabeza del hombre en el sillón leyendo una novela.

17 de junio de 2012

El Amenazado - J. Luis Borges

Es el amor. Tendré que ocultarme o que huir.
Crecen los muros de su cárcel, como en un sueño atroz. La 
hermosa máscara ha cambiado, pero como siempre es la única.
¿De qué me servirán mis talismanes: el ejercicio de las letras,
la vaga erudición, el aprendizaje de las palabras que usó el
áspero Norte para cantar sus mares y sus espadas, la serena 
amistad, las galerías de la Biblioteca, las cosas comunes, los 
hábitos, el joven amor de mi madre, la sombra militar de mis
muertos, la noche intemporal, el sabor del sueño?
Estar contigo o no estar contigo es la medida de mi tiempo.
Ya el cántaro se quiebra sobre la fuente, ya el hombre se
levanta a la voz del ave, ya se han oscurecido los que miran
por las ventanas, pero la sombra no ha traído la paz.
Es, ya lo sé, el amor: la ansiedad y el alivio de oír tu voz,
la espera y la memoria, el horror de vivir en lo sucesivo.
Es el amor con sus mitología, con sus pequeñas magias inútiles.
Hay una esquina por la que no me atrevo a pasar.
Ya los ejércitos me cercan, las hordas.
(Esta habitación es irreal; ella no la ha visto.)
El nombre de una mujer me delata.
Me duele una mujer en todo el cuerpo.

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