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30 de junio de 2012

Los Sueños de Federico - I



  “Después de  cerca de seis años y medio he quedado con Sofía para vernos en la rambla.
  Ella llega desde el centro. Viene con Santiago que, a estas alturas, ya sabe caminar. Yo los espero, los veo acercarse. Estoy apoyado en el murete costero, allí donde termina para dar paso a la calzada del muelle. Sofía me saluda con un beso, con frialdad, con olvido. A Santiago le doy un abrazo y un beso en la frente. Él me mira con desconfianza y se esconde tras la pierna de su mamá.
  Sofía tiene el semblante caído, como cuando estaba triste. Yo estoy realmente feliz, exultante ¡cómo no estarlo! Pero no puedo demostrarlo, no me permito hacerlo. Pongo la misma cara de ella, pero que en verdad, desnuda mi miedo. Tenía miedo de este encuentro.
  Hablamos cerca de una hora. No se realmente de qué hablamos. Igual imagino que después de seis años algo habrá para contar. Pero entonces me doy cuenta de que una hora es poco...
  Comienza la despedía. Parece que será igual de fría que el saludo del comienzo.

— ¿Puedo darle un dulce a Santiago? —le pregunto a Sofía.
— Sí.
  Le doy una paletita de dulce de leche sin desenvolver. Él la intenta abrir con torpeza, apurado por  llevársela a la boca. Sofía acude rápido en su ayuda. Y una reacción, casi involuntaria de mi parte, hace que yo extienda mi mano y la detenga tomando su mano. Ella me mira con ojos muy abiertos sin pronunciar palabra. La suelto inmediatamente.

— Está desarrollando su habilidad. —digo mientras Santiago se lleva el dulce a la boca. Le acomodo un poco los restos de envoltorio sobre el palito.

  Se van a dar vuelta, van a empezar a caminar, se van a ir. Otro acto involuntario: la abracé fuerte. Ella se asustó; está agitada. Ha soltado al mano de Santiago; ahora también me abraza, muy fuerte. Le di un beso en la mejilla, debajo de la oreja, casi en el cuello.

— ¿Volveré a verte? —pregunté con la voz un poco ahogada, y podría jurar que también se me ha escapado una lágrima.
  Ella no dice nada. Se que también llora—. No me importa que pasen cinco días o cinco años. Prometeme que podré volver a verte... a verlos...
— Sí Fede. Te lo prometo —dice mientras nos separamos— Seguramente sabrás cómo encontrarme…
  Una Sonrisa aflora en su rostro y yo me contagio. Se seca las lágrimas, y toma la mano de Santiago, que miraba tranquilo la escena.
  Sofía me mira unos segundos más, luego se dan la vuelta y empiezan  caminar hacia el centro. Los sigo mirando, con los ojos todavía empañados, y desparecen por Alvear.

  Me quedé solo. Llorando muy despacio, todavía apoyado en ese muro que nos protege de la arena. De pronto alguien se me acerca desde atrás. Es uno de mis amigos que me pone una mano en el hombro y me sacude un poco. Él no ha dicho nada aún y por eso creo que ha visto toda la escena anterior. Le aprieto fuerte el brazo y me lo llevo, lo arrastro, para que me siga. Empezamos a caminar hacia el lugar de siempre: la laguna. Cruzamos todo el lugar en silencio, salto a la arena, y me refugio detrás de una pared. Me siento. Él me mira; se sienta a mi lado, entonces habla:

— ¿Qué paso Fede?
  Yo sigo en silencio. Él no insiste.
— ¿Quién era ella? —pregunta después de un rato.
— No lo se… —digo sin mentir— Te darás cuenta lo idiota que he sido; y que soy.
  Con la vista fija en la arena asiente y esboza una sonrisa. A mí se me escapa una carcajada."



26 de junio de 2012

Seguirá lloviendo




Seguirá lloviendo ahora,
mientras descalza caminas en los bordes
de los recuerdos y las ruinas.
Seguirá lloviendo ahora,
que se ahoga mi llanto desprendido
hace ya tiempo bajo soles inmensos.
Seguirá lloviendo ahora,
seguirá lloviendo.


Seguirá lloviendo ahora,
cuando los jazmines reclamen tu nombre
y quiebren la historia guardada,
quizá en tus labios, quizá en los míos.
Seguirá lloviendo ahora,
mientras descalza buscas sobre el fuego
las brazas de mis dedos.
Seguirá lloviendo ahora,
seguirá lloviendo.


Seguirá lloviendo ahora,
mientras los sombríos intelectuales
se guardan el pasado muerto..
Seguirá lloviendo ahora,
que pesa sobre nosotros el dolor
de una guerra cobarde teñida de miseria.
Seguirá lloviendo ahora,
seguirá lloviendo.


Seguirá lloviendo ahora,
mientras descalza caminas taciturna
y reclama mi nombre la espesura de tus cabellos,
mientras muere de sed un arco iris
que se desliza a los rincones
quizá más prohibidos de tu cuerpo.
Seguirá lloviendo ahora,
seguirá lloviendo.
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22 de junio de 2012

¡Hola! Vi este video... la letra es bastante romántica, e incluso lenta, pero la comparto porque me pareció que la letra es hermosa y algo poética. Espero que les guste =)

19 de junio de 2012

Continuidad de los parques (Julio Cortázar)

Este es un relato corto de Córtazar q pertenece al libro "Final del juego" (1956)...


Había empezado a leer la novela unos días antes. La abandonó por negocios urgentes, volvió a abrirla cuando regresaba en tren a la finca; se dejaba interesar lentamente por la trama, por el dibujo de los personajes. Esa tarde, después de escribir una carta a su apoderado y discutir con el mayordomo una cuestion de aparcerías, volvió al libro en la tranquilidad del estudio que miraba hacia el parque de los robles. Arrellanado en su sillón favorito, de espaldas a la puerta que lo hubiera molestado como una irritante posibilidad de intrusiones, dejó que su mano izquierda acariciara una y otra vez el terciopelo verde y se puso a leer los últimos capítulos. Su memoria retenía sin esfuerzo los nombres y las imágenes de los protagonistas; la ilusión novelesca lo ganó casi en seguida. Gozaba del placer casi perverso de irse desgajando línea a línea de lo que lo rodeaba, y sentir a la vez que su cabeza descansaba cómodamente en el terciopelo del alto respaldo, que los cigarrillos seguían al alcance de la mano, que más allá de los ventanales danzaba el aire del atardecer bajo los robles. Palabra a palabra, absorbido por la sórdida disyuntiva de los héroes, dejándose ir hacia las imágenes que se concertaban y adquirían color y movimiento, fue testigo del último encuentro en la cabaña del monte. Primero entraba la mujer, recelosa; ahora llegaba el amante, lastimada la cara por el chicotazo de una rama. Admirablemente restallaba ella la sangre con sus besos, pero él rechazaba las caricias, no había venido para repetir las ceremonias de una pasión secreta, protegida por un mundo de hojas secas y senderos furtivos. El puñal se entibiaba contra su pecho, y debajo latía la libertad agazapada. Un diálogo anhelante corría por las páginas como un arroyo de serpientes, y se sentía que todo estaba decidido desde siempre. Hasta esas caricias que enredaban el cuerpo del amante como queriendo retenerlo y disuadirlo, dibujaban abominablemente la figura de otro cuerpo que era necesario destruir. Nada había sido olvidado: coartadas, azares, posibles errores. A partir de esa hora cada instante tenía su empleo minuciosamente atribuido. El doble repaso despiadado se interrumpía apenas para que una mano acariciara una mejilla. Empezaba a anochecer.
        
Sin mirarse ya, atados rígidamente a la tarea que los esperaba, se separaron en la puerta de la cabaña. Ella debía seguir por la senda que iba al norte. Desde la senda opuesta él se volvió un instante para verla correr con el pelo suelto. Corrió a su vez, parapetándose en los árboles y los setos, hasta distinguir en la bruma malva del crepúsculo la alameda que llevaba a la casa. Los perros no debían ladrar, y no ladraron. El mayordomo no estaría a esa hora, y no estaba. Subio los tres peldaños del porche y entró. Desde la sangre galopando en sus oidos le llegaban las palabras de la mujer: primero una sala azul, después una galería, una escalera alfombrada. En lo alto, dos puertas. Nadie en la primera habitación, nadie en la segunda. La puerta del salón, y entonces el puñal en la mano, la luz de los ventanales, el alto respaldo de un sillón de terciopelo verde, la cabeza del hombre en el sillón leyendo una novela.

17 de junio de 2012

El Amenazado - J. Luis Borges

Es el amor. Tendré que ocultarme o que huir.
Crecen los muros de su cárcel, como en un sueño atroz. La 
hermosa máscara ha cambiado, pero como siempre es la única.
¿De qué me servirán mis talismanes: el ejercicio de las letras,
la vaga erudición, el aprendizaje de las palabras que usó el
áspero Norte para cantar sus mares y sus espadas, la serena 
amistad, las galerías de la Biblioteca, las cosas comunes, los 
hábitos, el joven amor de mi madre, la sombra militar de mis
muertos, la noche intemporal, el sabor del sueño?
Estar contigo o no estar contigo es la medida de mi tiempo.
Ya el cántaro se quiebra sobre la fuente, ya el hombre se
levanta a la voz del ave, ya se han oscurecido los que miran
por las ventanas, pero la sombra no ha traído la paz.
Es, ya lo sé, el amor: la ansiedad y el alivio de oír tu voz,
la espera y la memoria, el horror de vivir en lo sucesivo.
Es el amor con sus mitología, con sus pequeñas magias inútiles.
Hay una esquina por la que no me atrevo a pasar.
Ya los ejércitos me cercan, las hordas.
(Esta habitación es irreal; ella no la ha visto.)
El nombre de una mujer me delata.
Me duele una mujer en todo el cuerpo.

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