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22 de julio de 2012

Que nos explote el corazón todos los días




Entre elegir entre dos muertes
se aferra a su futuro,
que es mortal pero futuro.

Todos sueñan con la pregunta,
que les deje dignidad bendita:
¿qué muerte quieres hoy?

Avizoran el futuro con deseo,
con resignación y desden
al tiempo que silban.

La orden es perseguir.
Nadie sabe qué,
pero hemos de correr tras el silencio.

Escribiré lo que quede.
Haré las preguntas que hoy
flotan en tus temblorosos labios.

Es la muerte quien pone el punto
que asesina las acciones,
pero no a las historias.

Inmortal memoria
es la que volverá contigo.
Que nos explote el corazón todos los días.




9 de julio de 2012

Oda a un inmortal - matilindo

 La siguiente es una oda tomada de la página de Mundo Poesía del perfil de matilindo.
Como no puede ser de otra manera se la dedicaré a mi amigo inmortal (no todos tienen uno), Jesús.


Tu inmortal
Que viste a la luna envejecer en tantas noches
Y al cielo lagrimear como una viuda
cuando el mundo a sus hijos casi ahoga
tu inmortal
que sentiste a la tierra temblar y resquebrarse
y al mar morir de sed y después vengarse
al viento tímido y al vendaval furioso
tu inmortal
que fuiste aldeano guerrero y peregrino
colono esclavo vikingo
fuiste monje pirata y troglodita
mago curandero y alquimista
etrusco sumerio y persa
quizás fenicio mogol quizás de Atila
tu inmortal
fuiste de Esparta, judío y filisteo
fuiste beduino hereje y mensajero
fuiste amigo y enemigo
fuiste pobre rico y hasta del clero
tu inmortal
que viviste fiestas rituales y matanzas
fuiste artista soldado periodista
maestro escritor y deportista
político delirante y genio
fuiste del pueblo y fuiste del feudo
tu inmortal
que siendo el mismo fuiste muchos
que amaste y odiaste
reíste y lloraste
te apenaste
tocaste la gloria y el fracaso
tu inmortal
aprendiste que lo más perverso
es la soledad eterna
tu inmortal
descansa en paz


6 de julio de 2012

LA CIGARRA - Enrique Banchs

Cuando hace sol y silencio y en la sombra de los emparrados tiemblan manchas claras, canta un largo rato la cigarra.
Con su ruido de leño en el fuego, de alero viejo, de eje de carreta, la cigarra sobresalta la paz del mediodía. Y la gente, que reposa, levanta la cabeza como si oyese hablar a los árboles.
Nunca se la ve. Es la música escondida de las leyendas, la música del gnomo. Uno se acerca al álamo, donde cree que suenan manojos de espigas agitadas y no ve más que retoños, ramas nuevas, dos o tres hormigas y en lo alto, muy alto, los puñados de nidos.
Porque el canto de la cigarra siempre está lejos. Delante o detrás, el canto de la cigarra siempre está lejos. ¡Ay!, quien la quiera hallar siguiendo su canto, tiene que caminar, caminar, como si fuera tras de la felicidad. Y quién sabe si antes no encuentra a la felicidad, sentada en un mármol, con los dedos entrelazados sobre la rodilla y tres o cuatro rosas cerca de sus plantas. Entretanto la cigarra, al oriente o al poniente ¿quién lo sabría?, abre y cierra, poseída de un delirio, las alas suaves y fuertes, como de seda y de oro.
Pero a veces, cuando ha hecho frío y uno espera ver un poco de escarcha brillando sobre el césped al abrir la puerta en el desperezamiento de la mañana, se suele encontrar alguna cigarra aterida, en el camino, debajo de algunas hojas secas que la brisa ha juntado sobre su frágil cuerpecillo musical.
Quien la quiera vaya pronto por ella, pues ya se sabe que las últimas golondrinas se llevan en el pico las cigarras que encuentran dormidas en el camino, para que anuncien las vendimias en tierras de estío.
Pero si alguien las halla, las envuelve en un vellón y las lleva al amparo de un calor, al rato despiertan y renuevan la canción que ha sosegado el frío, lo mismo que se estuviesen en el árbol, desde el cual ven pasar los rebaños y los pastores que golpean los cercos con sus bastones herrados.
Entonces, a la hora en que se pone el mantel y se parte sobre la mesa el pan familiar, se oye de pronto que la casa se hace sonora y también los corazones.
Un atardecer de verano se durmió un mendigo al pie de un árbol. Las ramas más bajas subían y bajaban acariciándole la frente, como manos maternales sobre una cuna. Éste era un viejo mendigo sin casa, pero en las noches de verano es el cielo apacible y suave como un hogar de ancianos y mórbida la hierba susurrante. Éste era un viejo mendigo solitario.
Unos sueños vagabundos le encontraron dormido y burláronse de él, dándole a creer que estaba todavía, como en una lejana juventud, junto a su hermana que lánguidamente hacía sollozar un piano. Y por la ventana se veían surtidores en la sombra, magnolias a la luna. De lejana juventud lo ilusionaron...
En eso la noche sacudió tres o cuatro pétalos de nieve, de una menuda nieve de fín de estío, y cayó una cigarra.
Al despertar el hombre pobre se alzó y caminó. La cigarra había caído sobre su pecho, se metió entre sus ropas y la llevaba consigo.
También se metió entre sus ropas el árido olor cereal al cruzar un trigal.
La cigarra sintió latir el corazón del hombre pobre, con el ruido igual al de las ramas que se mueven.
Y cantó al calor de su corazón.
El mendigo la oyó pero no supo que la llevaba consigo. Ya se sabe: el canto de la cigarra siempre está lejos.

Fuente: VEDIA, LEONIDAS DE, Enrique Banchs, con Antología y apéndice de OSVALDO HORACIO DONDO, Buenos Aires, Ediciones Culturales Argentinas, 1964 (págs. 149-150)

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