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16 de diciembre de 2012

Los Sueños de Federico - II



Se iniciaba nuevamente el año lectivo. Para un estudiante que ingresa a segundo año de secundaria ya no es nada nuevo. Pero para Federico las cosas eran algo distintas, se había cambiado de colegio. Pasaba de uno malo a uno más “prestigioso”, lo cual solo podía significar dos cosas: o probaba que era tan bueno como él creía y cambiaba su imagen de adolescente sumiso, o académicamente la pasaría mal y humanamente mucho peor.

La apariencia del colegio por fuera era imponente. Ocupaba una manzana completa. La parte de atrás no era lo mejor, estaba llena de yuyos y bancos viejos apilados. Toda las paredes del exterior estaban pintadas de blanco, con los detalles de vigas y columnas en color verde oliva o gris cemento. Y como si fuera necesario todas las aberturas, puertas, ventanas y ventanales, estaban pintados de amarillo huevo con acabado brillante.
Por dentro las paredes estaban pintadas en tonos de crema y ocre. La mayoría de los pisos en los pasillos, eran de parqué al tono, estaban bastante gastados y un poco maltrechos, dicho esto con benevolencia.
No había un gimnasio, así que las clases de Educación Física se dictaban en el SUM[1] o en el Gimnasio Municipal. El piso del SUM era del mismo parqué que los pasillos, solo que si el de los pasillos estaba gastado, este estaba por desaparecer.
Las aulas estaban perfectamente entonadas con el resto del colegio. Las paredes eran ocres, faltaban la mitad de las cortinas en las ventanas y los pisos más que gastados, estaban arrancados como a mordiscos (cosa que más tarde comprendería como sucedía). La mayoría de los bancos eran individuales, la mitad eran los compuestos por una mesa y una silla, y la otra mitad eran de esos que vienen la mesa y la silla en un solo mueble, muy cómodos para reposar, pero verdugos de la cintura después de cinco horas de clases.
Estaba claro que en materia de estructura física el nuevo colegio no suponía una mejora con respecto a su anterior, solo cabía esperar que en nivel educativo compensase las carencias.

Afortunadamente las cosas comenzaron medianamente bien. El primer día llegó tarde, vestido con una camisa blanca, pantalones azules y zapatos negros. Saludó y se sentó en el primer banco que encontró desocupado, para su suerte el primer banco de la columna del medio estaba vacío.
No salio a los recreos, estuvo toda la tarde dentro del aula, y cada tanto sacaba un espejito que llevaba en el bolsillo, para mirar a sus compañeros sin ser visto. Extraña manía para cuidarse la espalda y conocer a sus compañeros. Estaban todos, los de siempre, la columna de las chicas, los revoltosos del fondo, los callados que solo hablan entre ellos y parece que siempre traman algo, los repitentes, los que se conocen de otros años, las que se creen divas y el infaltable, simpático y a veces ácido, “gordo”. Igual como era el primer día faltaban compañeros por llegar.

Al otro día las cosas no cambiaron demasiado, solo había un par de compañeros nuevos. Uno era en petisito que se sentó al fondo, y el otro un flaco de estatura promedio, que no tardó en integrarse a un grupo de chicas y chicos charlatanes.
Ese día Federico también llegó tarde, pero un poco más temprano que el primer día, y se sentó exactamente en el mismo banco. Se sorprendió bastante al ver que una chica morena, de mediana estatura, con el cabello largísimo y lacio, llegó bastante más tarde a clase. Como si fuera poco la muchacha se sentó, ni segura, ni convencida, a su lado, en al banco que quedaba vacío.
Aparentemente estuvo bastante incomoda, no miró a Federico ni una sola vez. Antes de salir a los recreos guardaba todas sus cosas en su pequeña mochila y salía con ella. Además cada vez que se volvía sentar o se acomodaba corría su banco un poquito más adelante. De esa forma cuando llegó la última hora, estaba prácticamente por delante de Federico, quien también se estaba incomodando. Se fijó varias veces si tenía algún olor indeseable en la camisa, la boca, etc. Se miró disimuladamente la cara en su diminuto espejo, pero todas las comprobaciones dieron resultado negativo. Dudó, pero finalmente se dio por vencido, y decidió que su compañera no tenía todos “los patitos en fila”.
La espió por encima del hombro algún rato, para ver que podía averiguar de la “misteriosa” muchacha, pero no fue demasiado, sino hasta que la chica giró una hoja, y allí en un margen vio escrito: “Ángeles S.”
Los días restantes de esa semana el comportamiento de Ángeles no cambió demasiado. Llegaba tarde, es cierto, pero como alumna parecía ejemplar. Se sentaba, escuchaba a los profesores, contestaba con rapidez las preguntas de estos, y cuando terminaba la clase, levantaba sus cosas y se iba sin hablar con nadie. A Federico, que estaba acostumbrado a ser el mejor en su división, el que su compañera contestara la mayoría de las veces con gran celeridad, le estaba empezando a molestar. Hería su orgullo. Era una provocación, así que empezó a esforzarse para superarla.

Después de la incomodidad de la semana pasada, Federico se volvió a instalar en el banco de siempre. Y para terminar con el estúpido juego, ocupó el banco de al lado con su mochila y abrigo. Ya no se sorprendió cuando Ángeles entró al salón de clases veinte minutos tarde.
Ella, saludó a la profesora, dio una rápida mirada al aula y luego clavó los ojos en el banco que siempre ocupaba. Había otros bancos desocupados, pero Ángeles de dirigió hacia el de siempre. Miró a Federico a la cara, y con su voz suave y apagada, casi como un susurro, dijo:

— Martínez ¿me puedo sentar?

A Federico se le heló la sangre. Lo llamó por su apellido y más sorprendente le resultó que no tuviera ningún problema en pedirle que desocupara el banco. Él quería sentarse solo, así que le respondió:

— Sí, sí. Lo siento —. Alcanzó a decir mientras retiraba sus cosas del banco.


[1]    Salón de Uso Múltiple.


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